Historia

Las razones por las que los catalanes se abstenían de defender las fronteras del Imperio español

Salvo escasas excepciones, la implicación catalana en las empresas militares de la Monarquía Católica fue mínima. Los fueros catalanes prohibían oficialmente servir en el ejército fuera del Principado

Los catalanes siempre fueron muy activos en los asuntos comerciales concernientes al Imperio español y casi desde el principio participaron de los negocios abiertos en el Nuevo Continente, cuyo descubrimiento financiaron los Reyes Católicos. En 1479, la ciudad de Barcelona comunicó a Sevilla, poco después de la unión de coronas, que «ahora somos todos hermanos». Sin embargo, su papel desde el punto de vista bélico, en los siglos XVI y XVII, ha sido calificada por algunos historiadores como completamente ineficaz incluso a la hora de defender su propio territorio. ¿Por qué?

A principios del siglo XVI, la defensa de las fronteras con Francia –un reino en constante enfrentamiento con el Imperio español– corrió a cargo, sobre todo,

de mercenarios procedentes de Alemania e Italia pagados por la Corona de Castilla. En 1542, el III duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo, tuvo que supervisar los preparativos en Cataluña para una posible invasión francesa. Ante la poca moral y el pobre entusiasmo mostrado por los soldados catalanes, el duque recomendó el envío de tropas reales.

«De dinero hay grandísima necesidad, y esta gente de catalanes no tendrán comedimiento (mesura) de esperar la paga».

«He echado un vistazo aquí a algunos de los soldados reclutados, y estoy tan insatisfecho con ellos que casi no me atrevo a comentárselo a Su Majestad. Le ruego que ordene con la mayor urgencia se sirvan hombres procedentes de Castilla y de otras regiones donde se recluten», reclamó el III duque de Alba. A los problemas de mala preparación en las tropas, se unían el alto número de deserciones entre tropas catalanas: «De dinero hay grandísima necesidad, y esta gente de catalanes no tendrán comedimiento (mesura) de esperar la paga».

En lo que respecta a batallas fuera de sus fronteras, durante los siglos XVI y XVII, su participación fue mínima. Los fueros catalanes prohibían oficialmente servir en el ejército fuera del Principado. No es de extrañar, por tanto, que cuando se elevaron voces desde Barcelona en la década del siglo XVI para criticar el papel preponderante que Castilla había adoptado en los asuntos de Nápoles –tradicionalmente bajo la influencia del Reino de Aragón– Fernando «el Católico» apagara de golpe las quejas al recordar que eran las tropas castellanas quienes habían anexionado este reino italiano.

Algo que no impidió que hubiera soldados catalanes, como del resto de España, presentes en ciertas campañas como en la de Granada de 1492 y en la guerra de Flandes.

La batalla de Lepanto, la gran excepción

La batalla de Lepanto puede considerarse la gran excepción del periodo. Aunque no hubo una proporción muy alta de soldados catalanes embarcados en las galeras, sí tuvieron gran relevancia en la batalla dos almirantes procedentes de esta región española. Por un lado, Luis de Requesens –amigo de la infancia de Felipe II– nacido en Barcelona fue el brazo derecho de don Juan de Austria en la victoria cristiana sobre el Imperio Otomano, y el responsable de muchos de los movimientos tácticos de la batalla. A su vez, el noble catalán Juan de Cardona, situado en la flota de vanguardia, fue quien inició el choque con los turcos.

Asimismo, el buque insignia de la flota cristiana se había construido en Barcelona, aún se conserva una réplica en el museo naval de esta ciudad. Y muchos de los trofeos de la batalla fueron a parar a la ciudad condal, por ejemplo, el mascarón de proa del Cristo de Lepanto que decoraba la galera de don Juan de Austria se ofreció a la catedral de Barcelona, donde todavía hoy se conserva

Ni siquiera Felipe II, que siempre vio Barcelona como una ciudad amable y leal, pudo implicar a los súbditos catalanes en la defensa del Imperio. A pesar de la fama de autoritario del Rey, su trato hacia los fueros de Cataluña fue correcto. Como todos los gobernantes anteriores –escribe el hispanista Henry Kamen en su obra ‘España y Cataluña: Historia de una pasión’– Felipe II tenía razones para quejarse de los fueros y privilegios administrativos de los reinos no castellanos. No obstante, el monarca nunca albergó la intención de modificarlos o suprimirlos.

«Bien mirados, los fueros me proporcionan más libertad de acción de lo que la gente cree. Mientras esas provincias sigan rindiendo fidelidad y obediencia, no tengo ninguna intención de modificarlos», afirmó en 1563 Felipe II al embajador de Francia.

Etiquetas

Añade un comentario

Pulsa aquí para comentar

Mercedes Benz
The new Mercedes-Benz C-Class