Historia

El episodio más insólito de la Guerra Civil: la última carga de caballería en la historia de España

Los milicianos republicanos defienden una posición en el frente de Teruel. - Vidal

Monasterio Ituarte era consciente de que los carros de combate eran el presente y el futuro de la guerra, pero, ante la falta de blindados en su bando, aún pensaba que la caballería podía jugar un papel protagonista

En un intento por reducir al Ejército republicano a un conglomerado caótico y desarrapado, la propaganda franquista puso mucho énfasis en ensalzar el papel de las milicias durante la Guerra Civil como si fueran los únicos combatientes a disposición de la Segunda República. Lo hizo cuidándose de solapar que el bando de Franco también contó con sus propias milicias de voluntarios no profesionales, con la diferencia de que ellos lograron domarlas y reducirlas a una posición secundaria antes que el bando republicano, cuyo desorden estuvo entre las causas de su derrumbe.

Donde menos suerte tuvo el bando encabezado por Franco fue allí donde operaban los requetés carlistas. Este movimiento defendió por las armas durante buena parte del siglo XIX la legitimidad de una rama Borbón alternativa, pero a raíz de su derrota militar en 1876 inició su desembarco como fuerza electoral. Los carlistas, agrupados en formaciones antiliberales con vocación de partidos de masas, cosecharon pocos apoyos electorales, pero fueron capaces de crear una base de militancia muy fuerte sobre todo en Cataluña, Navarra y la región vasca. Durante la Segunda República, los tradicionalistas se integraron en distintas coaliciones conservadoras para frenar lo que consideraban el avance del comunismo.

Franco fundió la Falange y Comunión Tradicionalista en un partido único denominado Falange Española Tradicionalista de las JONS, posteriormente conocido como Movimiento Nacional.

Los tradicionalistas acabaron sumándose al golpe militar de julio de 1936 y agrupándose en grupos de voluntarios milicianos en los Tercios de Requetés, que alcanzaron una cifra de 60.000 combatientes repartidos en 67 tercios. Según Julio Aróstegui en su obra ‘Los combatientes carlistas en la Guerra Civil española 1936-1939’, la cifra de bajas sufrida entre los requetés alcanzó las 13.389 durante toda la contienda.

Desde el comienzo del conflicto los carlistas lucharon por mantener su estructura de milicia y su independencia respecto a otros grupos sublevados, lo cual terminó siendo imposible. A través del Decreto de Unificación de 1937, Franco fundió la Falange y Comunión Tradicionalista en un partido único denominado Falange Española Tradicionalista de las JONS, posteriormente conocido como Movimiento Nacional. El carlismo perdió sus medios de propaganda, sus edificios y su autonomía, pero diversos miembros del movimiento conservaron voz, voto y mando en la Guerra Civil.

Caballería, pasado y presente

De extracto carlista, aunque militar de profesión, era precisamente José Monasterio Ituarte, que ascendió a jefe de la Primera División de Caballería tras sus acciones en el norte-sur de Arenas de San Pedro (Ávila) y protegiendo el flanco derecho de las fuerzas nacionales durante las acometidas sobre el Madrid republicano. Dada su experiencia en combate, Franco entregó el mando de todas estas fuerzas de caballería al general de brigada José Monasterio Ituarte, jefe a su vez de las Milicias de Falange Española Tradicionalista y de las JONS.

Los milicianos republicanos defienden una posición en el frente de Teruel. – Vidal

José Monasterio Ituarte era, según explica Agustín Guimerá Ravina en ‘La Caballería española en una época de cambio: las reflexiones del Teniente Coronel José de Monasterio, 1930’ (Revista de Estudios en Seguridad Internacional), «un líder militar: valiente hasta la heroicidad, inmutable y enérgico ante el peligro, imaginativo en el campo de batalla, atrevido y prudente a la vez, justo con sus subordinados, gran estudioso de la caballería, entregado con pasión a su oficio de jinete, cuidadoso con sus hombres y caballos, jefe que predicaba siempre con su ejemplo, innovador –fue uno de los primeros pilotos de la aviación española en 1913- y celoso de los derechos adquiridos en su vida guerrera».

De estatura mediana, rostro adusto y complexión delgada, el general era hombre de pocas palabras, «incluso seco y tajante, suavizado por un humor flemático –muy inglés-, donde la ironía hacía acto de presencia». Era muy religioso, de pensamiento conservador y «nunca fue partidario de que los militares se metiesen en política», según Guimerá Ravina.

Monasterio Ituarte era consciente de que los carros de combate eran el presente y el futuro de la guerra. No obstante, las escasas fuerzas mecanizadas con las que contaba el ejército de Franco, sobre todo en los primeros momentos del conflicto, convencieron a este ‘monje guerrero’ de que a la rápida caballería le estaba reservada todavía algunas misiones importantes. No se equivocaba. Suya fue la orden para la última carga de caballería en la historia de España.

La carga hacia Teruel

Tras hacerse por sorpresa con Teruel el 7 de enero de 1938, los republicanos se vieron atrapados por un durísimo cerco del bando nacional y por los rigores de un crudo invierno. En total, las fuerzas atacantes sumaban unos 100.000 soldados, divididos en cerca de diez divisiones, frente a unas fuerzas republicanas mermadas y en clara inferioridad numérica (menos de la mitad de hombres que los atacantes).

La potencia de fuego también era favorable al bando franquista. El 5 de febrero de 1938, un fuerte bombardeo de artillería y aviación desalojó a los republicanos de varias posiciones fortificadas en la cuenca del río Alfambra, dando entrada a la infantería, que abrió un profundo corredor de más de 15 kilómetros, que luego usaría la División de Caballería del general Monasterio para profundizar en el corazón enemigo.

El general Rojo, con el coronel Camacho, subsecretario, interrogan a un oficial franquista en el frente de Teruel.

La intervención de la aviación permitió a los jinetes de Monasterio situarse por sorpresa a tan solo 50 metros de las posiciones republicanas. Allí, con el 4º Escuadrón de Alcántara en vanguardia, Monasterio ordenó de forma inesperada una carga a la vieja usanza. En una acción impropia del siglo XX, la caballería de Monasterio, ataviado con una boina carlista, provocó la desbandada de tropas republicanas cerca de los poblados de Argente y Visiedo.

La carga de esta masa compacta, formada por escuadrones de sables y algunas ametralladoras, provocó inseguridad, primero, y luego terror, entre los soldados armados con automáticas, pero muy bisoños y desorientados tras los bombardeos. Frente a la desbandada republicana, los jinetes se encargaron en los días siguientes de limpiar el territorio ocupado y de estirar las líneas del frente. Poco después la caballería volvería a su tarea habitual, cada vez más secundaria, como fuerza de enlace y de apoyo en zonas con grandes distancias entre columnas.

Según escribe el historiador Hugh Thomas en su obra ‘La Guerra Civil española’ (Ed. Urbión. Madrid. 1979) la carga de los jinetes al mando del general Monasterio, que disfrutaba mostrando una imagen pública entre caballero medieval y militar moderno, se puede considerar como la carga de caballería más espectacular de toda la contienda española y, posiblemente la última en la historia de la guerra, a excepción de algunas acciones protagonizadas por el ejército soviético en 1942, en las proximidades del mar Caspio.

La República perdió en aquella ofensiva más de 1.000 kilómetros cuadrados, lo cual dejó Cataluña en una posición muy comprometida, y registró 15.000 bajas. Romper el frente de Teruel permitió al bando nacional avanzar veinte kilómetros en una sola jornada y tomar poco después la ciudad.

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