Historia

Arcabuces y galeras españolas: las ventajas tecnológicas que decidieron la victoria cristiana en Lepanto

Los historiadores italianos se han quedado roncos de repetir que las galeazas venecianas decidieron la batalla, en un intento de proclamar la superioridad de la tecnología de fuego europea. Y solo en esto tienen razón: la pólvora fue determinante en Lepanto, pero más bien la de los arcabuceros embarcados

La forma de luchar en el Mediterráneo no cambió mucho a lo largo de los siglos. Las galeras (del griego medieval galéa) eran embarcaciones perfectas para navegar por este mar, sin grandes vientos, y para un tipo de guerra que exigía combates terrestres sobre el agua. Cuando dos galeras se enfrentaban lo primero era tratar de embestirse una a la otra con el espolón a modo de cornamenta; después, si ambas sobrevivían se entrelazaban como serpientes y convertían las cubiertas en un campo terrestre flotante donde la infantería luchaba durante horas. Su pequeño tamaño, 140 pies de eslora y 20 pies de manga, hacía imposible a marineros, soldados u oficiales el resguardarse de la zona más expuesta.

Ni siquiera la gran cantidad de innovaciones tecnológicas de la Edad Moderna lograron modificar sustancialmente los combates navales en el viejo mar. A principios del siglo XVI, el Imperio otomano mantenía un férreo control sobre la parte oriental del Mediterráneo y cada vez se atrevía a avanzar más en la zona occidental. La posibilidad de que los turcos obtuvieran una base estable en Italia era cada vez más real, al tiempo que la potencia cristiana más emergente, la Monarquía católica, se limitaba a plantear una guerra defensiva. Los choques navales entre ambos imperios, lo que incluyó el intento español de establecer más fuertes en el norte de África, depararon sobre todo catástrofes para los cristianos.

En su momento álgido, los turcos decidieron atacar Malta, primer paso para la invasión de Sicilia. Pero Malta se defendió como un gato panza arriba, hasta que fue posible que el Imperio español desembarcara allí tropas para socorrer a los cruzados tras cinco meses de cerco en 1565. Si bien este tropiezo turco cambió pocas cosas en la zona, sí terminó por ser triunfos cristianos cambiaron una dinámica que Lepanto, auténtica fábrica de mitos heroicos, iba a certificar: el Imperio otomano sangraba como cualquier criatura marítima.

El choque de dos mundos

«La más alta ocasión que vieron los siglos», que diría Miguel de Cervantes, comenzó a gestarse con la renovada confianza cristiana, cuando el Papa Pío V formó una Santa Liga entre Roma, el Imperio español (que ocupaba media Italia), Génova, Venecia y otros reinos cristianos hastiados de los métodos otomanos, no así Francia que seguía aliada con la Sublime Puerta.

La Monarquía hispánica se comprometió a sufragar la mitad del presupuesto, mientras Venecia, el Papado y otros aliados italianos corrían con el resto de gastos operativos. En total, la Santa Alianza estaba formada por una flota de 200 galeras, 100 embarcaciones de transporte y 50.000 soldados (la mayoría españoles o pagados por Felipe II). En lo referido al comandante principal, Felipe II entendía que debía ser un español y, a poder ser, con una envergadura principesca, es decir, con la capacidad de imponer su autoridad al resto de almirantes. El soberano español estuvo conforme con la preferencia del Papa Pío V, Don Juan de Austria, hermanastro de Felipe II.

Réplica de La Real, la que fuera nave capitana de don Juan de Austria en la batalla de Lepanto, hecha a partir del estudio de Martínez-Hidalgo.

El objetivo de la Santa Liga era desalojar a los otomanos y a sus aliados corsarios del Mediterráneo occidental y contrarrestar sus recientes conquistas, entre ellas Chipre y varios puertos venecianos en el Adriático. Por su parte, el comandante turco, Alí Pashá, había recibido órdenes directas del sultán de destruir a la flota de la Santa Liga. Sus fuerzas, empleadas en la conquista de Chipre, sumaban 208 galeras, 66 galeotas y fustas y unos 25.000 soldados, entre ellos 2.500 jenízaros armados con arcabuces. Después de seis meses de operación marítima, la flota estaba algo desgastada y el escaso número de jenízaros se explicaba porque muchos de ellos abandonaron los barcos en los días previos, ante la cercanía de los Balcanes, lugar de procedencia de la mayoría de ellos. El turco se empeñó en combatir a pesar de todo, tal vez porque infravaloraba la potencia cristiana y no estaba bien informado de la gran cantidad de galeras «ponentinas».

Estas embarcaciones fabricadas en España, de mayor tamaño que las musulmanas o las venecianas, eran de menor velocidad y maniobrabilidad que las otras, pero de cara a lo que iba a ser un combate terrestre sobre el agua supusieron una gran ventaja tecnológica para los cristianos por su robustez. Mientras las levantinas (u otomanas) sólo tenían el palo mayor, eran más bajas, con una menor resistencia al viento y mayor velocidad, las ponentinas iban mejor artilladas y tenían dos palos (trinquete y mayor). La proa de estos barcos se reforzaba con un espolón que se añadía después de la construcción, lo que permitía que en el choque contase con toda la potencia del buque proyectada a través de la quilla, pero que su destrucción no afectase a la integridad estructural de la nave.

Galeazas, galeras ponentinas y arcabuces

Don Juan partió del puerto de Sicilia a mediados de septiembre de 1571 y pronto avistó su objetivo. El genovés Juan Andrea Doria y Luis de Requesens eran partidarios de esperar al enemigo en una ensenada próxima, mientras que Álvaro de Bazán y Alejandro Farnesio creían que el momento estaba en el sur de Punta Escropha (que los turcos llamaban « Cabo ensangrentado»). Allí se encararon ambas escuadras y Don Juan de Austria decidió presentar combate.

Las galeazas venecianas eran plataformas artilladas hasta los dientes que debían ser arrastradas por otras embarcaciones debido a su peso y su poca maniobrabilidad

Los musulmanes formaron su tradicional medialuna de combate y se prepararon para envolver a los cristianos, a su vez divididos en cuatro escuadras (las dos alas, el centro y la retaguardia a cargo de Bazán). Al inicio de la lucha, en torno al mediodía, cuatro galeazas venecianas se adelantaron al resto de la formación y empezaron a bombardear a una distancia de un kilómetro y medio la posición turca. La maniobra sirvió para desbaratar la formación de media luna e incluso hundir varias galeras, pero su participación en la batalla terminó aquí.

Las galeazas venecianas eran plataformas artilladas hasta los dientes que debían ser arrastradas por otras embarcaciones debido a su peso y su poca maniobrabilidad, lo que conllevó que una vez iniciado el combate quedaran perdidas en una maraña interminable de galeras, enfrentadas entre sí como si de un campo terrestre se tratara. Los historiadores italianos se han quedado roncos de repetir que estas galeazas decidieron la batalla, en un intento de restar importancia al resto de potencias participantes y de proclamar la superioridad de la tecnología europea. Y solo en esto tienen razón: la pólvora fue determinante en Lepanto, pero más bien la de los arcabuceros embarcados. Únicamente los jenízaros llevaban armas de fuego en las filas turcas, aunque de peor calidad que los arcabuces cristianos, de tal manera que los demás iban armados solo con fechas, que permitían una velocidad de tiro casi siete veces superior a los fusiles de pólvora.

Retrato de Don Juan de Austria.

Al contrario, los españoles priorizaban lanzar pocos y eficaces tiros, esto es, barrer las cubiertas con los disparos desde proa y luego con descargar a bocajarro que «os salpique la sangre del enemigo». En los enfrentamientos entre galeras en aquellos tiempos había cobrado gran importancia el intercambio previo de disparos de artillería (los cristianos portaban cinco piezas por galera frente a las tres de los musulmanes) y las andanadas a bocajarro de los arcabuceros. Aquellas descargas de pólvora previas a sus abordajes marcaron la diferencia. Don Juan de Austria insistió en que las pocas naves venecianas fueran reforzadas con tropas de los italianos al servicio de España. Es más, la mayor debilidad turca aquel día estuvo, además de que las flechas no resultaban tan efectivas, en que su infantería era inferior a la española.

En el centro, donde estaba Don Juan de Austria y el comandante turco Alí Pashá, el enfrentamiento fue extremadamente violento por la acumulación kilométrica de barcos de mayor tonelaje y hombres. La fase de abordaje situó a la galera La Real de Don Juan en el epicentro de todo con varias galeras y galeotas turcas colocadas a su popa. La Sultana embistió a La Real con tal ímpetu que el espolón alcanzó hasta la cuarta fila de remeros. La cristiana, que había retirado su espolón antes de la lucha para aumentar su potencia de fuego, contestó con el rugido de cinco cañones desde la proa. El baño de sangre fue compartido.

El desenlace de la batalla

Don Juan de Austria y Alí Pashá estuvieron a punto de cruzar aceros. Lo evitó una conveniente descarga de arcabuzazos del representante papal, Marco Antonio Colonna, y la llegada de Bazán por la otra banda. En su avance a rescatar la Real venció y apresó sucesivamente a tres galeras enemigas, entre ellas la capitana jenízara. El noble granadino mandó al asalto a Pedro de Padilla con sus soldados del Tercio de Nápoles, quienes tomaron la galera de Alí Pashá y clavaron en ella el estandarte de la Santa Liga. El comandante turco fue abatido y su cabeza ensartada en una pica a modo de bárbaro anuncio del final del combate, después de dejar a parte de sus tropas en la Real.

Representación de la batalla de Lepanto

Cuando la batalla parecía declinar, el astuto almirante Uluch Alí —responsable del flanco izquierdo musulmán— dejó atrás a Juan Andrea Doria, con el que había protagonizado un alarde de maniobras en dirección al mar abierto, y cargó junto a sus galeras a cualquier bajel con el que se topó de costado. Enésima prueba de que a filigranas no se podía competir con los turcos. El almirante turco no guardaba ya esperanzas de vencer en aquella jornada, pero se contentaba con un jugoso botín antes de acometer su retirada. Entre las seis galeras que se llevaron la peor parte estaban la capitana de la Orden de Malta y «la Marquesa», donde combatía el escritor Miguel de Cervantes. Una de las venecianas prefirió volar directamente su santabárbara antes de rendirse. El reguero de desolación causada por Uluch Alí duró hasta que Bazán y Don Juan alcanzaron esta zona e hicieron huir al turco con 15 galeras, a las que no pudo sumar por las prisas el resto de galeras recién apresadas. También aquí fue clave su llegada.

Tras cinco horas de lucha, los cristianos al fin eran dueños de aquel golfo tintado de rojo. 117 galeras turcas habían sido apresadas y 30.000 turcos habían perdido la vida, lo que sitúa Lepanto en una de las batallas más resolutivas de la historia. Tal vez por ello en Constantinopla se publicó rápido un bando por el que, bajo pena de ser empalado, nadie osara hablar nunca de la pérdida de la armada. El impacto fue terrible, hasta el extremo de que nunca más recuperarían realmente la iniciativa en los mares o intentarían invadir Italia.

Etiquetas

Añade un comentario

Pulsa aquí para comentar

Mercedes Benz
The new Mercedes-Benz C-Class