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Los libros que marcaron mi vida… por Luis Fernández-Vega Sanz

  • “Galdós siempre está ahí, junto a ‘Memorias de Adriano’, de Marguerite Yourcena”

Además de alzarse como uno de los oftalmólogos más importantes del país, Luis Fernández-Vega ha mantenido, desde que tiene recuerdos, una inspiradora relación con la lectura. Estas son las obras que siempre le acompañan.

Por fortuna viví, y me eduqué, en una casa en la que los libros y la lectura formaba parte del día a día y adquirí ese hábito sin ser apenas consciente de ello y, desde luego, sin el menor esfuerzo, algo que nunca podré agradecer lo suficiente a mis padres.

De esta forma recuerdo pasar de mis primeros, y apasionantes, tebeos del Capitán Trueno y Hazañas Bélicas a Las aventuras de Guillermo, de R. Crompton, o a los libros de Enid Blyton con sus Aventuras de los Cinco que prácticamente devoraba y abrieron todo un abanico de posibilidades a un niño que, por otro lado, tenía un comportamiento no se si demasiado correcto para su edad y con alguna tendencia a la introversión en sus primeros años.

Ya en en plena adolescencia encontraría a Galdós y sus Episodios Nacionales, y aunque no estoy seguro de haber comprendido en aquel tiempo en toda su hondura el concepto de España que hila los mismos, disfrute muchísimo con ellos, de tal forma que regreso a su lectura de forma recurrente y me satisface de forma muy especial que, con ocasión del centenario de su muerte, se hayan organizado y difundido tantas actividades sobre este gran escritor.

Sería poco después, creo recordar que en el curso preuniversitario de entonces, cuando me adentraría en lo que para un ovetense es casi obligado, aunque también para todo amante de la buena literatura, La Regenta, de Clarín, un delicioso tratado de la sociedad de finales del. XIX en una ciudad de provincias y que desnuda muchas de las pasiones humanas que a veces nos atenazan.

Los años universitarios y de oposición a cátedra no me dejaron mucho espacio para la lectura más allá de los libros de texto y de una exigente formación oftalmológica, aunque también debo confesar que el poco del que disponía lo empleaba preferentemente en actividades más sociales.

Sería ya asentado personal y profesionalmente, cuando el habito de la lectura vuelve a cobrar ímpetu y son las biografías de Zweig, o sus extraordinarios recuerdos en El mundo de ayer o las enseñanzas de Momentos estelares de la humanidad los me dejarían una profunda huella que aún hoy se mantiene, pues creo que ayudan muy bien a entender momentos de incertidumbre y aportan la fuerza moral necesaria, amén de otras virtudes, para superarlos.

Ya en otro orden, disfruto mucho con libros de viajes, y recuerdo con mucho placer los del recientemente desaparecido Javier Reverte y sus recorridos africanos, continente este que me gusta mucho y no visito tanto como quisiera.

Más próximo en el tiempo está mi descubrimiento de novelistas como, por ejemplo, la canadiense Margarita Atwood, Premio Príncipe de Asturias quién nos adentra en un mundo llenos de complejidades en los que no siempre es fácil discernir lo real de lo futurible. Y llegados a este punto la verdad es que en lo que a ficción se refiere, me dejo llevar por los autores distinguidos con estos galardones que nunca me han defraudado y me han abierto mucho los ojos. Hace tiempo ya que no hay verano en que uno de ellos no me acompañe, como lo hará este Enmanuel Carrere, entre otros.

También lo hacen ensayos y libros de historia. Sigo con mucha atención la obra de Carmen Iglesias y la del historiador Enrique Moradiellos,quien me parece un ejemplo de rigor y espíritu divulgativo encomiable.

Pero ¿qué tengo siempre en la mesita de noche? ¿A dónde regreso cada cierto tiempo? Como dije, Galdós siempre está ahí y junto a él siempre me resulta de gran ayuda las Memorias de Adrianode Marguerite Yourcenar. Toda una lección de vida impregnada de la dosis de estoicismo adecuada para cada momento.

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