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Una mala hierba que propulsa aviones, al rescate del campo

La Comunidad recoge los frutos de sus primeras cosechas de camelina, una alternativa ‘verde’ y eficaz al petróleo. Los investigadores del Imidra estudian 14 variedades de la planta, que nutre el suelo y evita la técnica del barbecho

En medio de una planicie parda, a las afueras de Alcalá de Henares, un pedazo de matojos resiste el calor. El tallo dorado, las hojas y los pequeños frutos, secos en esta época del año, han pasado desapercibidos como una mala hierba más durante décadas. Sin embargo, desde finales de 2020, esta planta silvestre forma parte de una de las investigaciones más prometedoras del Imidra (Instituto Madrileño de Investigación y Desarrollo Rural, Agrario y Alimentario). En los últimos años han proliferado los estudios sobre la camelina y su aceiteha propulsado reactores de aviones con la misma calidad que un combustible fósil. En la región se estrena con una nueva promesa: serel remedio del campo madrileño.

Las hierbas resecas que crecen junto a la carretera y frente a una hilera de olmos apenas son los restos de la última cosecha de camelina en la finca El Encín, una de las sedes del Imidra. «Es un cultivo nuevo en la Comunidad de Madrid», explica el director del departamento de Investigación Agroambiental del instituto público, Pedro Mauri, mientras conduce un todoterreno por caminos de polvo. A principios de julio recolectaron 1.250 kilos de camelina de una hectárea de tierra cultivada. Cada centímetro de la planta se aprovecha, pero es la semilla, una oleaginosa de la que se puede extraer aceite, como la famosa colza, la que ofrece un abanico de posibilidades.

La Unión Europea fue la primera en probar el biocombustible que se obtiene de la camelina en aviones comerciales. En 2016, un estudio de Senasa (Servicios y Estudios para la Navegación Aérea y la Seguridad Aeronáutica) financiado con fondos europeos reflejó que su uso reduce un 66 por ciento los gases de efecto invernadero respecto a los combustibles fósiles. Su suministro no genera costes adicionales y podría generar una cadena de producción viable para abastecer un aeropuerto del tamaño del de Oslo, de 13 kilómetros cuadrados. Desde entonces, el interés por la planta, que quedó en el olvido a mediados del siglo XX, se ha disparado.

El proyecto que dirige Mauri ha plantado hasta 14 variedades de la mala hierba con el fin de seleccionar las más óptimas para prosperar en la Comunidad de Madrid. «Nos hemos juntado una empresa, Camelina Company, un agricultor, Julián Caballero de la Peña, y nosotros para potenciar el cultivo de la camelina en la zona centro de España», señala este ingeniero agrónomo que trabaja desde los años 90 en el Imidra. Del maletero de su coche saca una bolsa con finas semillas de color bronce; también la llaman oro del placer o falso lino. Más allá de reactores y biocombustibles, Mauri ve la alternativa ideal al barbecho, la técnica que libera la tierra de cultivo durante uno o varios ciclos vegetativos para recuperar el suelo. La camelina «nutre» el terreno.

Cultivos más rentables

Ya hay agricultores madrileños que están empleando esta mala hierba, también en Castilla-La Mancha, Castilla y León y algunos puntos de Andalucía. «En vez de ese periodo de transición del barbecho, tienes la tierra en mejores condiciones, se controla la erosión y se obtiene una producción que puede dar 50 euros por hectárea», describe Mauri, «se necesita una buena rotación de cultivos para no cansar al suelo y la camelina se puede adaptar a eso». Y si el terreno es de mejor calidad, da mayor rentabilidad, que es la meta de este proyecto que dispone de 165.000 euros —cofinanciado por el Gobierno regional y la Unión Europea— durante tres años para ayudar a los agricultores madrileños a quedarse en el campo.

La camelina procede de los montes Urales y del norte del Viejo Continente; hay indicios de su cultivo desde la Edad de Bronce. Milenios más tarde, su producción fue muy popular en Rusia y Europa, hasta 1940. «Realmente no era una mala hierba», dice Mauri. Pero los grandes cultivos de grano que sucedieron a la II Guerra Mundial la relegaron a un segundo plano. Su redescubrimiento, hace una década, ha revelado nuevas aplicaciones, clave para un futuro sostenible: desde los primeros cultivos para conseguir bioqueroseno, financiados con fondos europeos en Finlandia; hasta la ingeniería genética del británico Rothamsted Research —una de las instituciones de investigación agrícola más antiguas del mundo (1843)—, que ofrece el perfecto sustituto del aceite de pescado.

En el Imidra, mientras tanto, pretenden domesticar la planta. «Tenemos otro proyecto que consiste en utilizar los desechos de la camelina [cáscara, tallo] como paja y alimento del ganado. También está la posibilidad de poner abejas, una buena polinización para una buena producción», cuenta Mauri. El grano posee un alto contenido en vitamina E y aceites omega 3 (como el pescado) y omega 6. El aceite, además del furor por el biocombustible, es apto para cosmética y para la alimentación animal. El montón de semillas que enseña Mauri recuerda a la quinoa. «No está admitido para consumo humano porque es un producto nuevo, pero sí podría adaptarse. La quinoa es eso, es el cenizo, una mala hierba», asegura. Y recita una frase de memoria: «Nunca hay malas hierbas, las malas hierbas son plantas en lugares no idóneos».

Por ahora, solo dos variedades de camelina de las 14 sembradas por el instituto madrileño están registradas, las más óptimas. Otras dos han quedado descartadas, al menos, en los campos de la Comunidad de Madrid: «Han crecido mucho, eran muy altas y se han encamado con el viento y la lluvia. Si se caen no maduran bien, es muy difícil de cosechar, es un hándicap», detalla Mauri. No obstante, la camelina ha demostrado su robustez, después de que los cultivos de Alcalá de Henares sobrevivieran a la borrasca Filomena, que cubrió la región con un manto de nieve. También hace gala de su alta productividad, con un rendimiento de 1.200 kilos por hectárea, por encima de la avena y a la par que la cebada.

Soñar con el futuro

En el corazón de la finca El Encín, 250 hectáreas que lindan a un lado con el río Henares, se erige un caserío de ladrillo rojizo, con capilla incluida, una antigua residencia del Colegio de Agrónomos que se mantuvo allí hasta los años 50, cuando los terrenos fueron expropiados para la investigación. Las torres ahora cubren el departamento de lácteos, donde elaboran bebidas energéticas de sabores (salado, fresa, melocotón…) a partir del suero de leche de oveja que sobra de las producciones ganaderas. Economía circular y sostenible.

En la misma finca está el único biomódulo de alta seguridad vegetativa público de España, un recinto hermético donde analizan las plagas y enfermedades de las plantas. Mauri lidera múltiples investigaciones: desde proyectos de descontaminación del suelo, la mejora del pistacho, cada vez más popular, la pionera clonación de alcornoques a partir de una hojita o la optismización de la extracción del aceite de jara pringosa. Eso en solo uno de los seis departamentos del Imidra que sueñan con el futuro.

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