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La producción de un móvil precisa menos litros de agua que la de un kilo de ternera

La fabricación de alimentos es en parte responsable de que la huella hídrica se haya triplicado en los últimos 70 años

Sin agua no hay vida. Y, por suerte, en la Tierra hay mucha. En concreto, se calcula que el 70% de sus más de 510 millones de kilómetros cuadrados de superficie están cubiertos por el líquido elemento; ya sea en forma de ríos, mares o, incluso, aguas residuales. El problema llega cuando nos damos cuenta de que, de ese total, solo el 3% es potable y nos fijamos, además, en que la población mundial se dispara a pasos agigantados; y eso no lo cambia ni una pandemia. De acuerdo con datos de Naciones Unidas, de los 7.700 millones de personas que hay actualmente se pasará en 2050 a 9.700. A finales de siglo, si ninguna catástrofe lo impide, los estudios apuntan a que se superará la barrera de los 11.000 millones. Cuando llegue ese momento, ¿seguirá habiendo agua para todos?

La comunidad científica, gobiernos y varias instituciones lo tienen claro; llevan décadas alertando sobre la importancia de preservar el líquido elemento y adaptar nuestros hábitos de consumo para evitar que el ecosistema, y la vida misma, se resientan. Para ello, lo primero que se debe hacer es rebajar la huella hídrica: la cantidad de agua que emplea una persona a diario. Aquí, además de la que se consume directamente del grifo, se incluye la que ha sido necesaria para el procesamiento de los alimentos que come, la fabricación del vehículo que conduce o la confección de la ropa que viste.

Según la plataforma dedicada a la gestión del agua Water Footprint Network, consumimos de media 5.000 litros diarios; 10.000 en algunas zonas del mundo. La organización, además, comparte una lista con algunos de los alimentos que más gasto producen. Aquí se recoge, por ejemplo, que cada kilo de carne de ternera que comemos tiene un coste de 15.415 litros de agua; en el caso del chocolate, la cifra escala hasta alcanzar los 17.196 litros. Por debajo, podemos encontrar otros que no superan los 1.000, como es el caso de los vegetales, que tienen una huella de 322 litros. Los nuevos procesos productivos tienen parte de la culpa de que el gasto se haya vuelto tan elevado. En concreto, tres veces superior de lo que era en 1950.

«La huella que deja la producción industrializada de carne es mucho mayor que la tradicional, en la que el ganado se encuentra prácticamente en semilibertad. Dependiendo de la carne varía, si cambias de la ternera a la oveja, la huella se mueve en los 10.000 litros por kilo, el cerdo en los 5.000 y el pollo en torno a los 4.000», explica a ABC Daniel González-Pérez, miembro del Grupo de Investigación Industria, Energía y Sostenibilidad de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) y profesor de la Escuela Superior de Ingeniería y Tecnología (ESIT).

Cambio climático

El creciente aumento en el consumo de agua y su importancia en la fabricación de productos no es el único reto al que ya estamos haciendo frente. Con el aumento de la población en los próximos años, es de esperar que la deforestación sea necesaria para aumentar las tierras de cultivo con las que poder alimentarnos. Eso teniendo en cuenta que ya, actualmente, la agricultura representa casi el 70% de todas las extracciones de agua y hasta el 95% en algunos países en desarrollo, según datos compartidos por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). La necesidad de nuevas tierras de cultivo no solo puede provocar un aumento de la huella hídrica, también puede espolear el cambio climático.

«Si aumentan las tierras de cultivo y se deforesta, no es que se pierda solo diversidad, es que retienes menos CO2. Eso puede provocar un aumento de las temperaturas y pérdida de humedad en la región y, evidentemente, una mayor necesidad de agua», señala González-Pérez. El experto apunta, además, que si no realizamos cambios en el consumo de determinados productos alimenticios, llegado el momento, pueden tener que ser sustituidos por razones de fuerza mayor. «Culturalmente choca, pero en el futuro puede que tengamos que empezar a consumir proteínas de artrópodos (insectos). A nivel biológico no hay demasiada diferencia y daña menos el medio ambiente. Suena un poco alocado hablar sobre ello, pero en los próximos años puede cambiar la concepción», explica a este respecto.

Tecnología, la aliada

Como decíamos, la huella hídrica no solo la provoca el consumo de alimentos. Según un estudio elaborado por Credit Suisse, la fabricación de un coche cuesta de media 67.500 litros de agua, unos zapatos de cuero 13.725 y unos vaqueros 7.979. En el caso del ‘smartphone’, el gasto es de 12.075. La progresiva digitalización de la sociedad ha provocado que, según datos de la firma de analítica Kantar Worldpanel, la vida de un teléfono inteligente sea de 20,5 meses. Y es que no nos conformamos con cualquier cosa. Queremos estar a la última. Así lo demuestra el que cada año el número de dispositivos de este tipo que se comercializan supere con creces los 1.000 millones.

Hasta el momento, los gobiernos, entre ellos el español, han apostado de forma general por concienciar a la sociedad como medio para rebajar la huella hídrica. En la Estrategia Española de Economía Circular 2030, elaborada recientemente por el ejecutivo, se plantea entre los objetivos mejorar un 10% la eficiencia en el uso del agua. Sin embargo, los expertos consultados por este diario apuntan que, más tarde o más temprano, se va a tener que comenzar a regular su empleo. También habrá que aprovechar la digitalización para limitar las pérdidas.

«Normalmente se ha puesto el foco en el consumidor. Es una forma de afrontarlo, pero desde el punto de vista industrial hay cosas que también se pueden hacer, como adecuar las instalaciones de tratamiento de agua. Hay grandes pérdidas entre el punto de origen y el grifo. De en torno al 10% o al 15% en el caso de los explotadores más eficientes. Para evitarlo hay tecnologías de monitorización de caudales que pueden ayudar. La tecnología existe, es cuestión de ponerla en marcha», dice a este diario Javier Figueras, ingeniero industrial y director de medida y analítica de la empresa ABB en España, proveedor de soluciones para el mercado del agua.

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