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La extraña entrevista de Ansón a Dalí pocos días antes de morir: «Lorca se comportaba como un niño»

El pintor se sinceró con el entonces director de este periódico, Luis María Ansón, en enero de 1989, en una charla en la que desplegó todo su ingenio, locura, inteligencia y sarcasmo por última vez

El día que murió Salvador Dalía finales de enero de 1989, ABC le dedicó nada menos que 64 páginas, incluida la portada con el imponente ‘Cristo de San Juan de la Cruz’ que realizó en 1951. Falleció en su Figueras natal de un infarto y, según cuentan, mientras escuchaba su disco favorito, ‘Tristán e Isolda’, de Wagner. Cerraba así una vida prodigiosa que este periódico quiso homenajear por todo lo alto con artículos firmados por BuñuelTerence MoixFrancisco Nieva y otros amigos suyos; declaraciones de figuras como Rafael Alberti, Miguel Delibes o Rosa Chacel; decenas retratos fotografías de sus obras; los comunicados de los principales gobiernos del mundo; el poema que Lorca le dedicó y, entre otras cosas, un texto escrito por él mismo titulado ‘El surrealismo soy yo’.

Artículo de Buñuel sobre Dalí el día de su muerte – ABC

Un despliegue a la altura de una de las figuras más importantes de la historia de España, que incluía un documento mucho más curioso y valioso: la olvidada entrevista que el entonces director de ABC, Luis María Ansón, le realizó a Dalí pocos días antes de que el pintor muriera, a los 84 años, en su casa de Figueras. Una charla en la que el hombre que a los 6 años quería ser Napoleón y a los 45, salvador del arte moderno, y que ahora desplegaba todo su ingenio, locura, inteligencia y sarcasmo por última vez. El mismo que, en 1948, publicó en Estados Unidos una lista manuscrita con sus pintores preferidos, en el libro ‘50 secretos mágicos para pintar’, con Vermeer, Rafael, Leonardo, Velázquez y Picasso, pero que en la charla con Ansón no tiene problemas en atacar a este último.

Más de 30 años después de su muerte, el mito sigue más vivo que nunca. Algo que se logró con los fastos que se celebraron en 2004 con motivo del centenario de su nacimiento. Montse Aguer, directora del Centro de Estudios Dalinianos de la Fundación Gala-Salvador Dalí y una de las mayores expertas en la obra del pintor, declaró a ABC en 2014 que aquella efeméride fue decisiva para aproximar su figura al gran público. «El primero que nos complicó las cosas para conocerlo realmente fue el propio Dalí, con este personaje que creó y que no le abandonó nunca. Para nosotros es difícil discernir dónde acaba el personaje», añadía.

Y esta entrevista fue la última oportunidad que los españoles y el mundo entero tuvimos para aportar un poco de luz sobre el genio.

La entrevista completa de Ansón: ‘Dalí, de voz aceitunada, corazón de Cataluña eterna’

«Desengáñese, Anson, Rusia no tiene otra salida que la Monarquía». Estas fueron sus primeras palabras cuando entré en la habitación. La luz del atardecer se derramaba a chorros por el balcón de la izquierda. Dalí, disfrazado de fantasma, estaba sentado al fondo en un sillón incierto entre ropajes blancos. La cama, a la derecha, era un sepulcro en penumbra; la habitación, una cripta; las risas de las enfermeras en la habitación contigua, un sarcasmo. El cuadro me hirió en los ojos, patético y desesperanzado. Era una escena surrealista, con remembranzas al Goya negro de los sueños macabros. Me tendió la mano frágil el pintor y le temblaba de arriba a abajo, sin cesar, como una venganza de la naturaleza contra el genio.

Por el paisaje desolado de sus ojos cruzó como un animal herido la ternura. Tenía la piel enlechada, caídos los bigotes, altivo como siempre el orgullo, loca y lúcida la mente, encogida el alma, fácil la palabra para el recuerdo. Y un tubo como un rayo daliniano que le agujereaba la nariz y le sondaba la entraña para nutrir su cuerpo. Era ya Salvador Dalí una atroz agonía. Y me acordé de mi encuentro anterior en un hotel madrileño, cuando me hablaba pleno de vida, mientras Gala servía champagne helado con su sonrisa de mármol rojo. «Desengáñese, Anson, desengáñese, Rusia no tiene otra salida que la Monarquía.»

Miguel Domenech y Robert Deschames me habían acompañado desde Madrid hasta Figueras. Allí nos esperaba Antoni Pichot, enraizado en Torre Galatea, como una de las rocas de su pintura pétrea y vegetal. «Dalí quiere que veas que se encuentra bien», me dijo Descharnes, el gran conocedor del genio y su obra. Durante varias horas de viaje hablamos de la pintura daliniana, en una conversación aleccionadora, antes de que a las cinco en punto de la tarde entrase yo en Torre Galatea para hablar por última vez con el genio herido, «¡Oh, Salvador Dalí de voz aceitunada!», había escrito un Lorca joven y admirado. «Huellas dactilográficas de sangre sobre el oro rayen el corazón de Cataluña eterna».

Y ya a solas con Dalí en su nicho de Torre Galatea, con una amable secretaria a su lado para escribirlo todo, empecé hablándole de Lorca, «pero también la rosa del jardín donde vives».

Lorca, Buñuel, Alberti, Juan Ramón

Empieza hablando el pintor:

—Esa «Oda a Salvador Dalí» le molestó mucho a Alberti. A Lorca, que admiraba a Alberti, le daba igual que le molestara. Por la noche, al acostarnos, la recitaba. Era un prodigio Lorca cuando recitaba, no como la pintura de Dalí, sino como Dalí mismo. Claro, que se portaba como un niño y sentía pavor de Buñuel.

—¿De Buñuel?

—Sí, era un baturro, testarudo, ¿sabe usted? Testarudo, testarudo… Claro que Negrín siempre me gustó menos. Pero Buñuel era muy brutal. Le escribía cartas sin motivo injuriosas.

—¿A quién, a Negrín?

—No, a Juan Ramón [Jiménez]; la había tomado con Juan Ramón. Se lo dije al Rey la última vez que le vi. «Si el alma es eterna, la Monarquía también es eterna». Alfonso XIII y Juan Carlos I.

—Y el Rey, ¿qué tenía que ver con Buñuel?

—Nada, Buñuel era un republicano creyente, aunque ateo. No entendía nada de nada. Pero asustaba a Lorca. Y al Rey no le decía nada. Era yo quien se lo decía. Se lo dije a Alfonso XIII cuando fue a la Escuela de San Fernando y todos estaban contra él, menos yo. Era de una elegancia extraordinaria. Se sentó en mangas de camisa entre los alumnos y, al terminar de fumar tiró la colilla a lo castizo, a lo chulo, y cayó justo en la escupidera. Eso produjo un gran entusiasmo. Claro que, para mí, el Rey más maravilloso fue Luis XIV, «L’Etat c’est moi». Porque la única solución, la más sublime, es la Monarquía absoluta. Desengáñese usted, Anson, Rusia no tiene otra salida que la Monarquía.

—Pero Don Juan Carlos es muy liberal.

—Sí, ha protegido la libertad de todos. Ya le dije antes que le entregué mi cuadro ‘Si el alma es eterna, la Monarquía también es eterna’.

Dalí ha empezado a sentirse cómodo. Ya no se tapa con la mano izquierda la sonda. Me mira con los ojos tranquilos y burlones como en los viejos tiempos. Le tiembla la mano derecha, «pero voy a seguir pintando, tengo grandes ideas sobre Gala». Su conversación es la de siempre, plena de locura, de lucidez y de coherencia incoherente. La luz ha declinado y el camisón blanco de Dalí y su barretina refulgen entre las sombras.

Fortuny

Dalí continúa hablando:

—Es una lástima que usted esté empeñado en no reconocer que el gran pintor es Fortuny. Yo lo dije antes de que empezaran los hiperrealistas. Créame usted que ese es un fenómeno holandés. Nueva York es Nueva Amsterdam. [El pintor Willem de] Kooning se quedó como el coloso de Rodas: con un pie en Europa y otro en América.

Entonces Dalí me tiende la mano en un gesto insólito y yo se la tomo. Se le pasa el temblor y sus dedos son finos y cálidos.

Picasso

—No se empeñe usted… Fortuny, Fortuny es el genio. Picasso estaba acorralado por los políticos. Se pasaba el año esperando una postal mía, con lentejuelas, que le enviaba cada mes de julio.

—Pero…

—No insista usted, Anson, todo el arte moderno empieza en Fortuny. Claro que Picasso me ayudó cuando conocí a Gala en Cadaqués. Ella vino con un esposo que tenía, el de la tristeza. No teníamos dinero y Picasso nos ayudó. Venía dos veces por semana.

Gala

—¿Y no cree usted que…?

—No creo, no. Incluso Juan Gris era más importante que Picasso. Fíjese que Picasso me pidió un día que le ilustrara ‘Les Chants de Maldoror’. Ahora los pintores rusos son los peores de todos, como las mujeres, que son incapaces de hacer nada en pintura, pero en cambio inspiran. Dalí es el centro del universo con Gala. Sin Gala soy una cosmogonía vacía. ¿No lamenta usted que se hayan perdido los libros escritos sobre Gala en Rusia?

—No lo sabía, pero lo lamento de veras. Desengáñese usted, lo lamento.

El pintor me ha ganado una vez más la partida y me ha metido como siempre en su mundo. Me doy cuenta de que no tengo nada que hacer y que la entrevista la dirige él, que comenta:

—Lo lamentan ustedes, sí, siempre dicen eso, pero no hacen nada para encontrarlos. Es lo de siempre. Claro que ‘Las postrimerías de San Fernando’ es un cuadro milagroso. Se ve la Sagrada Forma de perfil. Es una línea y se ve redondo. ¿Comulgaría usted con esa Sagrada Forma?

—En realidad, yo quería saber si recuerda usted los ‘Sonetos del amor oscuro’, de Lorca… Hemos encontrado once, pero Neruda me dijo en Isla Negra que eran treinta y dos.

—No, no, no, Lorca, a quien tenía pavor era a Buñuel. A Alberti le admiraba. Con el poco dinero que teníamos los Dalí pagamos ‘La femme visible’. Créame usted, Anson, borrones y manchas distantes y no semejantes.

Franco

—¿Y le oyó usted recitar a Lorca los sonetos del amor oscuro?

—Yo le hablé una vez de Trajano a Lorca. Siento un gran respeto hacia ese personaje por sus victorias. También lo sentía por el Generalísimo Franco. Le dije: ‘Excelencia, si restaura la Monarquía será como Velázquez’. Claro, que él no me entendía. ‘¿Qué ha dicho ese majadero de Dalí?’, solía preguntar. Imagínese, yo soy como la bóveda en arquitectura, así que piense usted lo que me puede importar todo eso.

—Muy poco, claro, qué le va a importar. Los sonetos del amor oscuro significarán algo más para usted.

—No, hombre, no. En arquitectura hay dos posibilidades: el frontón, que equivale al cielo raso, y la cúpula, que es el cielo alto. Dalí es el cielo alto y se estruja con Gala para ser el centro del universo. ¿Se acuerda usted de la cadera de Gala?

—Sí, y de su sonrisa.

—La sonrisa era la máscara. Lo importante era la cadera de Gala. En eso ni Fortuny. La cadera de Gala era el principio y el fin de todas las cosas.

Han pasado dos horas. La habitación está casi a oscuras. Torre Galatea es un cementerio de cuadros y de almas. Dalí habla sin cesar como el espíritu del bien y del mal. Estoy un poco sobrecogido.

El rapto de Europa al revés

Habla Dalí:

—El amigo de Néstor de la Torre, no sé si lo sabe usted, Gustavo Duran, era un hombre muy refinado. No como Ceaucescu. Pero la gente no se entera. Por eso asistimos hoy al rapto de Europa al revés. Rene Thom me confirmó que la línea de fuerza pasa exactamente por donde hoy se encuentra la estación de Perpignan. Mire usted, la voy a pintar entre cristales blancos que resbalan como leche condensada y púrpura.

Mueve la mano que tiembla. Me la vuelve a dar y siento su calor entre las mías. Y prosigue:

—Francia no tuvo pintura, Inglaterra casi nada. Pero Rusia tiene música. De todas formas pintaré la línea de fuerza.

San Juan

Y con su memoria desbocada y prodigiosa me dice:

—Ay, qué muerte tan escondida… La última vez que estuve en Madrid hablamos de San Juan de la Cruz, ¿se acuerda usted? San Juan es el Velázquez de la poesía. Pobre Lorca, qué distancia, qué poco sabía de las profundas cavernas del sentido… Matando muerte en vida me has trocado.

Y se le detiene la mirada, antes de seguir hablando:

—Aprenda usted el código genético, Anson. Eso aclara la gran verdad de la Monarquía. Hay muchos ahora que son monárquicos y no saben por qué. Eso lo explicaron Watson y Crick. Explicaron que es el DNA. Por eso quiero escribir una metafísica basada en la genética.

Baja el rostro Dalí y sus largos cabellos crespos le cubren el perfil como un Cristo. Está cansado, pero radiante. Cree que ha vuelto a dar su talla y que la entrevista ‘ha resultado esplendorosa’. Me aprieta la mano y se despide con los ojos como dos pinceles entristecidos y turbios.

—Vuelva usted, Anson, vuelva. Dígaselo a Pichot. Mañana le llamaré por teléfono al ABC, tengo mucho que explicarle. Y desengáñese usted, desengáñese, Rusia no tiene otra salida que la Monarquía.

Salgo despacio del santuario. Se hace la noche mientras recorro las estancias casi vacías de Torre Galatea. Nunca me han gustado los mausoleos, pero allí se queda Dalí, con un hilo de vida en el cuerpo y un torrente de luz en el cerebro, con su mano temblorosa, su disfraz de fantasma, su ironía a flor de piel, el mar cercano golpeándole el alma. Y con el verso que el joven Lorca le dedicó cuando eran estudiantes y que hoy recuerdo en el día de su último viaje: ‘Y la Muerte vencida se refugia temblando en el círculo estrecho del minuto presente’.

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